miércoles, 13 de octubre de 2010

¡Qué pena!

Es imposible no pensar en lo que pasó en la mina de pasta de cuando veo el rescate de los mineros chilenos.

Aquí, en el 2006, 65 trabajadores quedaron atrapados a 150 metros de profundidad y nadie hizo nada por sacarlos. A todo eso súmenle toda la desunión, la defensa de intereses propios, la falta de compromiso, el desinterés, las irregularidades y la burocracia del sindicato minero liderado por un gángster como Napoleón Gómez Urrutia. Además de la ineptitud ya probada del gobierno federal.

El obispo de Saltillo, Raúl Vera, puso el dedo en la llaga y dijo que mientras en Chile el gobierno federal y los empresarios se unieron para rescatar a los mineros, en México el gobierno federal y los empresarios se unieron para no rescatarlos. ¡Por primera vez en mi vida estoy de acuerdo con la iglesia!

En Pasta de Conchos, después de realizar trabajos de excavación por unos cuantos días, la empresa “Minera México”, junto con el gobierno federal decidieron suspender la búsqueda de los mineros que quedaron atrapados, decidieron tapar los conductos que habían hecho y concluir la búsqueda sin sacar nada ni a nadie.

Al gobierno no le importó, ni le importa, que los trabajadores mexicanos de las minas (y de muchos otros sectores) laboren en las peores condiciones posibles.

¡Qué vergüenza me dio ver desde anoche el rescate de los mineros en Chile, qué envidia, qué tristeza, y no es vergüenza por lo que ellos hicieron, sino por lo que nosotros dejamos de hacer, qué vergonzoso ver estas escenas de capacidad a fuerza de querer, comparada con nuestra incapacidad a fuerza de ceder.

Vivimos en un país sin memoria, aquí las cosas se nos olvidan muy rápido. Los recuerdos reviven cuando al vecino le pasa algo similar. Y entonces nos reímos, ¿verdad tuiteros?

Obituario: Hoy no hay obituario, estoy muy enojado.

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