martes, 2 de diciembre de 2014

Chespirito, ese genio



¿Cuántos canales de televisión tiene usted en su casa? ¿Se ha puesto a pensar cada cuánto tiempo le cambia a lo que está viendo? ¡Dios bendiga la modernidad! ¿A poco no? (Chale, me sentí Álvaro Cueva).

Bueno, pues eso no pasaba hace 40 años. En 1974 si usted no veía lo que Televisa le tenía preparado se quedaba sin ver la tele. Canal 13 era de celofán. Famoso periodista suele decir que ahí se podía cometer el crimen perfecto, porque nadie lo veía.

Entre los gobiernos priístas de la época, Emilio Azcárraga Milmo (¡mi tigre!) y el respetable, filántropo, amoroso, tierno, cordial y entrañable Raúl Velasco moldearon no sólo nuestros gustos musicales, radiofónicos y televisivos; también nos educaron y nos dijeron qué ver y qué oír. Nos enseñaron de qué nos teníamos qué reír. Para acabar pronto no había otra cosa. Era la única opción.

Por eso Roberto Gómez Bolaños fue un “genio”. Porque le habló a un pueblo ávido de esparcimiento, necesitado de evadirse de su triste realidad. Y le dio al clavo. Chespirito fue, primero que nada, un escritor de comedia, sus guiones más relevantes fueron para películas de la pareja cómica más importante y trascendente en toda Latinoamérica, Viruta y Capulina. Comedia de mucha altura, pastelazos, enredos estúpidos, situaciones simples y personajes que casi rayan en la imbecilidad.

Así llegó a la televisión, donde el camino fue exactamente el mismo. De este modo, el “súper comediante” que además ideaba, escribía, dirigía, actuaba, producía y, por supuesto, era dueño del concepto original de todos sus programas, hacía que el espectador apreciara la violencia infantil, la injusticia, la impunidad, la irresponsabilidad, la conchudez, la ignorancia, la no superación, la indiferencia y otros anti valores como algo normal, como lo más natural del mundo. Puros malos ejemplos, puras malas maneras de comportarse. La televisión educa. ¿Así nos educaron? ¡Qué pena! En un país que tanto necesita de la acción proactiva de parte de sus ciudadanos.

De esta forma (haiga sido como haiga sido), en muchísimos países, Chespirito tocó millones de corazones, llegó a las masas y las hizo reír, les hizo pasar un rato agradable. Las entretuvo. Por eso, hay que reconocerle su impacto en la cultura popular, pero nunca su aportación a la misma. No sumó absolutamente nada que realmente se pueda valorar.

Gómez Bolaños murió el viernes pasado y su casa Televisa se descoció en homenajes. Todos sus empleados a cuadro se notaban dolidos, frustrados, lastimados, compungidos. De verdad les dolió la partida del genio. Los chavos y los chapulines pulularon en la pantalla. Los comentaristas de futbol cantaron los goles anotados en la liguilla con frases del talentoso maestro. ¡Qué ridículos! Déjenlo en paz. Ya se fue y su legado ahí está. Que la historia lo juzgue.

Afortunadamente ya no estamos en 1974 y la tele cuenta con más de 150 canales. En la variedad está el gusto, ¿o usted cómo ve?

Obituario: Dos años de Peña en el poder… Y todavía no poder, ¡qué ironía!

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